Por Rodrigo Bustos. Historiador.
Eclipsada por los hechos de la Revolución bolchevique de 1917, esta rebelión fue una advertencia de lo qué pasaría más de una década después. No obstante, los dirigentes rusos no supieron sacar conclusiones de un hecho dramático que podía haberles ayudado a rectificar a tiempo su nula sensibilidad ante el sufrimiento del pueblo por la carestía y el hambre.
El detonante del malestar popular fue la humillante derrota en la guerra contra Japón (1904-1905). El régimen zarista, principal responsable de la debacle militar, recibió fuertes críticas, que se difundieron como reguero de pólvora.
En diciembre de 1904, los obreros del petróleo del Cáucaso iniciaron una huelga en demanda de mejoras laborales. Un mes más tarde, un sacerdote llamado Gapón marchó frente de una multitud hacia el Palacio de Invierno en San Petersburgo, con la finalidad de presentarle al zar una petición reclamando la jornada laboral de 8 horas y un salario mínimo de un rublo al día. Cuándo la manifestación llegó ante los muros del palacio de gobierno, los militares que los custodiaban lanzaron una carga de caballería para disolverla. Aquella trágica jornada, conocida como el Domingo Sangriento, se saldó con la muerte de cientos de personas. A partir de entonces, las huelgas se propagaron a las principales ciudades industriales y estallaron insurrecciones en distintas partes del Imperio. Ante la cara que tomaban los acontecimientos, el zar Nicolás II anunció una serie de reformas y la convocatoria de una Duma (parlamento), pero en cuánto contó con las fuerzas militares suficientes se "olvidó" de sus propuestas y ordenó una feroz represión.
A pesar de su fracaso, la Revolución de 1905 puso de manifiesto la debilidad de un régimen que perdia gradualmente prestigio. La burguesía y los movimientos obreros sopesaron la fuerza de su descontento hacia una clase dirigente aferrada a sus privilegios. Por el momento, la monarquía se había salvado gracias al apoyo del aparato burocrático y de la oficialidad del ejercito, pilares que no tardarían en ceder ante la presión de los acontecimientos de los años siguientes.


